Antártida 2004

Texto: Chus Lago (Extractos del diario  de la Antártida 2004)

Antártida 2004 - Foto 02

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Aparecieron las primeras planchas de hielo que poco a poco se fueron juntando  hasta encontrarnos volando sobre  la banquisa polar, el  cinturón de mar helado que rodea toda la costa Antártica.  Con la llegada del verano las  enormes planchas flotan a la deriva hasta fundirse o hasta acabar reenganchando el siguiente invierno. Había sido allí, pensé,  en aquella  masa de hielo  quebrado donde habían tenido lugar las más fantásticas e intrépidas aventuras polares un siglo atrás, en realidad, desde antes de la aparición de los barcos rompehielos y los radares.

Por aquel entonces, La Utopía, escrita con mayúsculas,  se cernía intacta en la imaginería de los aventureros como una constante provocación que  persiguieron hasta extinguir. Los que pudieron gastaron sus fortunas,  los que no tenían nada que perder perdieron la oportunidad de conseguirlas, comprometieron su futuro, se jugaron su prestigio y apostaron  por  una empresa arriesgada como nunca la habría. Abandonaron sus hogares y los confines seguros y conocidos a cambio de una gloria incierta pero que con toda seguridad les ofrecería  una existencia plagada de intensidad.Los primeros pasos hacia el continente helado  habían sido bastante accidentales, a medias entre la deliberada intención y la casualidad.

Escupidos por el infortunio de sus travesías, más de un navío había acabado alejado de su ruta, avocado a un naufragio que ya contaría la historia décadas más tarde, como le ocurrió al San Telmo, o por  los cazadores de focas, lobos y ballenas dispuestos a  desafiar las terribles tormentas de Cabo de Hornos con tal de llenar sus bodegas con pieles, spermaceti y barbas de ballena y que eran además los poseedores de los secretos mejor guardados de la geografía marítima todavía no reconocidos en las cartas náuticas oficiales. A ciegas por el gran espacio denominado Terra Incógnita navegaron los primeros marinos: Todo estaba por hacer, por descubrir, por intentar.

El famoso explorador británico  Falcon Scott, quien perecería años más tarde tras haber logrado alcanzar el Polo Sur geográfico,  había logrado salvar  por los pelos al  Discovery de una nueva invernada  y  enfilaba la  proa hacia aguas libres, contra todo pronostico,  el 19 de febrero de 1904, tras dos largos años de cautiverio polar en el Canal de Mcmurdo.

Menos suerte tendría  El Endurance, al mando de Ernest Shackleton, que acabó  hundiéndose irremisiblemente  en el mar de Wedell   dejando  al pairo a 28 hombres y 60 perros de tiro  el 1 de mayo de 1912,  protagonizando así la historia de supervivencia más fascinante jamás vivida. Por un instante, con la nariz helándose por la proximidad de la ventana del Ilyushin imaginé como sonarían las nostálgicas canciones de la marinería   en la tediosa calma de las singladuras sin viento, imaginé el trapeo de los velámenes frenéticamente sacudidos por los vendavales, el crujido de  mástiles y cuadernas y  los gritos del vigía alzando la voz  desde  lo alto del palo mayor “Virar todo. Iceberg” y un redoble de pisadas  tras la orden ineludible de “todos a cubierta”  en el afán de hacerse con un navío ingobernable a solas en la noche y en el hielo.

Había visto  mucho más allá de lo que las fotos mostrarían después: Percibí, sin proponérmelo, el olor de la inseguridad y esa mezcla de sentimientos encontrados que despierta la  incertidumbre y es que, en realidad, lo que  te engancha a la aventura no es tanto la posibilidad de ganar sino  la posibilidad de fracasar, sin ella el gran juego no tendría sentido. […]

Antártida 2004 - Foto 03

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Al llegar a la base de la montaña recuperé mis esquíes que estaban clavados por las colas en el hielo y continué el camino deslizándome perezosamente hacia el plató. Nuestra tienda estaba instalada a los pies de la cara oeste del Vinson, por donde habíamos planeado abrir una nueva ruta.

Pasé el resto del día echada sobre mi esterilla, abrigada en el saco, con el pensamiento atrapado en el desierto de hielo. Hipnotizada por su belleza o lo que fuera que era aquello .Me preguntaba  por qué había tenido que mirarme a los ojos,  a mí precisamente, que cuando se me metía algo en la cabeza después no ya no había manera de sacarlo de allí. Me había sorprendido, en la cima de aquella montaña, haciéndome una tímida pero única pregunta. ¿Irias?.

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EL 26 de diciembre me lo tomé de descanso y apenas salí de la tienda, la música y mi cuaderno de notas, que estaba casi en blanco, fueron el único entretenimiento además de  tratar de establecer conversación telefónica con los de casa y con algún locutor de radio. Tenía el compromiso de mantener ciertas conexiones que mis patrocinadores habían establecido de antemano.

Miguel llegó hacia las nueve de la tarde. Ocupó su esterilla y automáticamente sentí invadido aquel  espacio que cualquier persona  en mi lugar hubiera estado encantada de compartir. No era él, era yo; mi mente visualizaba la soledad más absoluta, atrapada en la inmensidad del desierto. Apenas hablamos. Preparamos la cena y nos dormimos.

Al día siguiente escalamos la pared oeste del macizo Vinson,  tal como habíamos previsto. Durante ocho horas el sol se mantuvo a nuestra espalda, espiando cada relevo en la punta de cordada. La hoja de los piolets se clavaba sigilosamente en el hielo, amortiguada por una fina capa de nieve que ralentizaba el tajo y lo enmudecía. El chiflido de la cuerda nos persiguió sin descanso “Sssiiíf- ssiiíff”, al compás del primero que abría la huella. Entre estribillo y estribillo: silencio. De lejos distinguimos una fila compuesta por media docena de alpinistas que arrastraban sus trineos por la base de la montaña.

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Desconocíamos si nuestra  ruta tendría una salida factible o de si  nos encontraríamos con alguna  grieta infranqueable o nieve profunda, es decir, tan blanda que no nos permitiera avanzar o asegurarnos. No ocurrió nada de esto, sólo en las dos últimas horas el frío se volvió tan espantoso que lo que había sido una agradable ascensión se transformó de repente en una lucha dolorosa por ganar los últimos metros hasta la salida.

Las huellas que se dibujan en la superficie de la Antártica jamás se borran. Es  una metáfora, en un sentido, pero también una realidad: apenas nieva unos centímetros cada año, insuficientes para tapar nuestras pisadas, éstas  permanecerían inmaculadas hasta que el viento del invierno las fregara de rodillas del suelo. Y por otro lado, teníamos el privilegio, como pioneros que éramos, de  ponerle un nombre a nuestra nueva ruta que ya nadie podría cambiar ni atribuirse. En aquel continente inhóspito e inhabitable cada huella era una osadía que se adentraba en el espacio absoluto de la incertidumbre.
Por fin era nuestra, teníamos algo que nunca podríamos poseer.