Aquella Muchacha - Cuento

Le gustaba caminar. Venía de un país en el que los hombres morían en la mar o se dejaban la vida en la tierra. Una tierra fértil y agreste donde la vida era dura. Pero a ella le gustaba caminar desde muy pequeña. Pocos la entendían. Pocos compartían ese ansia por ver más allá del horizonte, de ese estrecho horizonte que delimitaban las montañas que rodeaban del valle donde nació. De niña no soñaba, como sus compañeras, con príncipes encantados que venían para arrancarla de aquella dura tierra y llevársela a su palacio. A ella le gustaba caminar, mirar por encima de aquellas montañas que cerraban su valle. También le gustaba sonreír. Siempre caminaba con una sonrisa dibujada en el rostro. Aquella muchacha no era ni la más alta ni la más baja de las chicas de su tierra, tampoco la más hermosa ni la más fea; no destacaba por nada del resto de sus amigas… sino fuera por esa voluntad inquebrantable y ese impulso que le arrastraba a caminar, siempre caminar, cada vez más lejos, cada vez más alto.

Este ansia le llevó a subir a la cima de una pequeña montaña que cerraba el valle donde vivía. ¡Cuanta tierra a la vista! ¿Qué habrá más allá?

Bajó pletórica de entusiasmo contando las maravillas que había descubierto a todo aquel con quien se cruzaba… pero nadie parecía entender ni su entusiasmo y la necesidad de subir a esa montaña. No se amilanó y, sin embargo, tomó una firme decisión: ¡tenía que repetir!, se pondría en camino. Inició su andadura ante la incomprensión y las críticas de vecinos, amigos y hasta familiares. ¿Cómo era posible que una chica de su edad no pensara en buscarse un buen mozo, casarse, tener hijos y organizar y explotar su granja, tal y como hacían todas las muchachas? ¿Qué extraño virus le había picado para que tuviese esas ansias de escapar, casi de huir? ¿Qué se le había perdido al otro lado de aquellas montañas que cerraban el valle donde habitaban?

Desde la cima del cerro cercano a su casa descubrió, allá a lo lejos, casi en la línea del horizonte, una montaña más alta. Y soñó con llegar hasta arriba. Y nuevamente se puso en marcha ante la incomprensión de sus conciudadanos. Esta vez, además, pasaría muchas jornadas fuera del hogar pues aquella nueva montaña descubierta estaba muy, pero que muy lejos. Ni la distancia ni las dificultades amedrentaron su espíritu. Ella sólo caminaba, cada vez más alto, cada vez más lejos… y sin dejar de sonreír. Luego, alcanzada su meta, regresaba a su tierra, a su valle, a su casa, con un brillo especial en los ojos y un entusiasmo mal disimulado en la voz… pero pocos la comprendían; ¡y menos aún eran aquellos que aprobaban aquellas locas e injustificadas escapadas! ¿Qué de le ha perdido por esos parajes a una muchacha normal? ¿Qué necesidad tiene de irse tan lejos, a tierras desconocidas para la mayoría? ¿No se da cuenta que le se pasará la edad de casarse, de tener hijos y organizar y explotar su granja, tal y como hacían todas las muchachas? Pero a ella le gustaba caminar, siempre caminar… cada vez más alto, cada vez más lejos… y con una eterna sonrisa dibujada en el rostro.

Una montaña le llevó a otra en una espiral inacabable; y así hasta que un día decidió subir a la más alta conocida. ¡Era inmensa! Sobrecogía el mirarla. Pero aquella muchacha no me dejó intimidar ni por la montaña ni por su historia ni, lo que quizá fue más difícil aún, por los negativos comentarios de sus convecinos. Su firme determinación le llevó hasta lo más alto. Y desde arriba descubrió nuevos horizontes. Ya no podría llegar más arriba, pero descubrió que sí podía ir más lejos. En uno de sus regresos muchos fueron los que empezaron a plantearse que algo debía de encontrar para volver una y otra vez, para arriesgar, incluso, su vida en el intento. Alguien dijo que en cada viaje encontraba un tesoro. Y el mito del cofre de monedas de oro se propagó rápidamente por los contornos. Sí, eso era… ¡está claro ahora!: se va tan lejos para encontrar tesoros. Entonces, ¿por qué luego no les reparte entre sus familiares y amigos? Sin embargo, su forma de vida cuando estaba en su valle no hacía sospechar sobre las riquezas que se le suponían. A la muchacha tanta murmuración le hacía daño.

- ¡No hay tesoro alguno! -gritó un día llena de desesperación. Mas pocos la creyeron.

Ahora anda perdida en una inmensa llanura blanca, a la búsqueda de un nuevo tesoro. Porque a pesar de su grito desesperado, hay que decir que sí que volvía con un tesoro de cada una de sus escapadas… aunque no lo descubrió hasta que bajó de aquella montaña alta, la más alta, tan alta que ni los pájaros podían volar sobre ella, tan alta que su cima se alzaba muy por encima de las nubes. Sí, allí descubrió que a la vuelta de cada una de sus escapadas traía un tesoro. Pero, en contra de lo que piensan y dicen los ignorantes, no es un cofre de monedas de oro, plata y joyas preciosas. El tesoro que la muchacha encuentra y trae consigo a la vuelta de cada viaje no se puede esconder en un sótano, no se puede ver con los ojos. Ella traía una llave mágica que le abría una puerta también mágica. A cada viaje la llave era más grande y la puerta que abría igualmente era más grande que la anterior… hasta que llegó a la cima de aquella montaña tan enorme; allí no encontró llave alguna y, sin embargo, sí que bajó con una nueva inquietud. Desde la cima de aquella montaña en la que casi no se podía ni respirar descubrió el horizonte. ¡Ese sería su nuevo desafío! Ya no subiría más montañas, ahora iría al encuentro del horizonte.

Las gentes de su tierra, de aquella vieja tierra tan llena de historia como de dificultades para poder sobrevivir en ella, seguían sin entender; más aún, a cada escapada de la muchacha, más extraña e incomprensible les parecía su conducta. Pero a ella nada ni nadie amedrentó su firme voluntad de vivir en el camino pues descubrió, ¡y ese era el tesoro que encontraba en cada cima!, que se aprende mientras se camina y que el objetivo de la vida es el aprendizaje contínuo.

No la busquen si van por su tierra. No la encontrarán, la muchacha estará en el camino, eternamente en el camino… y con su eterna sonrisa dibujada en su rostro.

Narciso de Dios Melero
La Cabrera, diciembre de 2008
Dedicado con todo cariño y admiración a Chus Lago